Lejos de considerarse una droga peligrosa, el cannabis se consideraba algo nimio durante el siglo XIX en los Estados Unidos. Tanto es así que hasta se vendía como un caramelo; se consumía por placer o para relajarse. La compañía que lo comercializaba era Gunja Wallah, de Nueva York, durante la segunda mitad del siglo XIX. Se anunciaba como “La gunje árabe del hechizo en forma de confite: un estimulante agradabilísimo e inocuo”, que “inspiraría nueva vida y energía a todas las clases”. Este caramelo se comercializó durante cuarenta años sin ningún tipo de queja social o médica (Robinson, 1999: 145).

He localizado un anuncio publicitario del caramelo de hachís importado por la Compañía Gunjah Wallah, de Nueva York, aparecido en la revista Harper Weekly el 16 de octubre de 1858. Una peculiar forma de consumirlo entre los jóvenes era masticarlo con polvo de betel y enrollado en una hoja de tabaco.

En el editorial del Medical and Surgical Reporter del 12 de mayo de 1866 aparece un anuncio publicitario: “Candy Hasheesh, fortalece los pulmones y protege contra toda enfermedad”. Este producto vuelve a aparecer en la revista Vanity Fair, en el número 160 de agosto de 1862 (en su página 74), donde anunciaba los Candy Hasheesh como un producto medicinal maravilloso para la cura del nerviosismo, la debilidad, la melancolía o la confusión de pensamientos. Un estimulante agradable e inofensivo. Su precio era de 25 centavos por una caja de ocho unidades. Alertaba sobre las imitaciones que estaban llegando al mercado, y afirmaba que la importación sólo estaba autorizada para la Compañía Gunja-Wallah de Broadway.

La medicina moderna ha demostrado que el cannabis es un eficaz agente antiespasmódico, así como un sedante. También a lo largo de la historia el cannabis ha sido utilizado por pacientes en los manicomios (probablemente debido a su efecto sedante), como por ejemplo Jean-Martin Charcot, fundador de la neurología, o Moreau de Tours, psiquiatra que trabajó en el hospital psiquiátrico de Bicêtre en 1840. Usó cannabis en pacientes mentales y escribió en 1845 sobre los beneficios físicos y mentales que proporcionaba el cannabis.

El cannabis es inofensivo porque ninguna persona ha muerto consumiendo hachís, pero su sabor no es muy agradable; al contrario, tiene un sabor terrible, pero consumido en forma de caramelo y con azúcar, pierde su sabor amargo. El cannabis se ha utilizado para fortalecer los pulmones y para tratar el asma. Los caramelos de hachís se vendían en las farmacias, como las pastillas de regaliz de Juanola, y también se podía comprar en el catálogo de Sears-Roebuck. Por lo tanto, los anuncios de los caramelos de hachís decían la verdad, no era pura charlatanería. Si uno tenía dinero, en Chicago podía visitar la tienda “Candy”. Lo podemos leer en el Chicago Daily Tribune del 26 de abril de 1864. Un lugar muy transitado en la ciudad.

Mark Twain, un enamorado de los caramelos de hachís

Un enamorado de los caramelos de hachís es Mark Twain (1835-1910), conocido sobre todo por su novela Las aventuras de Tom Sawyer. En el Chronicle de San Francisco del 18 de septiembre de 1865 aparece un artículo que alude al consumo de estos caramelos: “parece que la manía del hachís ha estallado entre los bohemios”. Mark Twain fue visto caminando con su amigo Tremenheere Lanyon Johns por la calle Clay bajo la influencia de los caramelos de hachís. Fueron seguidos por la policía por si organizaban disturbios. Mark Twain era muy amigo de Fitz Hugh Ludlow, autor de Un Comedor de Hachís, que opinaba sobre él: “Mark Twain me hace reír más que ningún otro californiano… es una escuela por sí mismo”.

En una crítica de Twain a una obra de teatro llamada La Gacela Blanca, para el periódico Alta California (3 de marzo de 1868), concluye: “La escena final, de gran transformación, es una visión de tal magnificencia que ningún hombre podría imaginárselo a menos que se hubiera comido un barril de hachís”.

Twain buscó la esencia de esos caramelos de hachís que tanto le gustaban y viajó a Oriente para tener una experiencia directa con el hachís. En su colección de cartas de viaje, que compiló en 1869 bajo el título Los inocentes en el extranjero, relata una experiencia decepcionante en un baño turco, con una pipa de agua, en Constantinopla. Sin embargo, en un capítulo no publicado de esta obra describe su impresión sobre el Alcázar de Sevilla, después de una noche fuera de la ciudad: “No puedo describir en mi memoria sus salones y jardines, que será siempre una ilusión del hachís. Su Salón de los Embajadores es un sueño maravilloso”. Mark Twain decía: “Contra la fuerza de la risa, nada se opone”. Y qué mayor risa que la que ofrece el cannabis.

Litografia original de Mujercitas

Aparición en la literatura de Alcott

Louisa May Alcott (1832-1888) es famosa por ser la autora de Mujercitas (1868). Hija de Abigail May, defensora del abolicionismo y del sufragio de las mujeres, su padre era Amos Bronson Alcott, filósofo trascendentalista y reformador social. Alcott compartió la pobreza y los ideales trascendentalistas de su familia.

Era una chica muy comprometida con su familia y a los quince años ya contribuía a los ingresos familiares trabajando de maestra, dando clases particulares, como costurera o sirvienta. También escribía en la revista Atlantic Monthly. Durante la guerra de Secesión se enroló como enfermera voluntaria en Georgetown en 1862-1862, y fue allí donde contrajo neumonía tifoidea. Se intentó curarla con medicamentos que contenían mercurio, que acabaron por empeorarla. Para aliviar su dolor físico se trataba con opio puro.

El 13 de febrero de 1869, en la revista anunciada como “la revista de la gran familia de los Estados Unidos”, Chimney Corner, de Frank Leslie, Louise May Alcott publicó una pequeña novela de forma anónima, bajo el seudónimo A. M. Barnard: Juego Peligroso (Perilous Play), en la que describe los efectos de los bombones de hachís (Kimmens, 1977:228). El cuento relata las aventuras de unos jóvenes de la alta sociedad que toman caramelos de hachís para combatir el aburrimiento. Dos de ellos se pierden en un velero, sobreviven y encuentran el verdadero amor. La historia termina cuando regresan sanos y salvos a la fiesta. Empieza hablando una joven, Belle Daventry, que lanza:

«-¡Si alguien no me propone una diversión nueva e interesante, me moriré de aburrimiento!”

Un miembro del grupo, el Dr. Meredith saca de su bolsillo una cajita de carey y oro, y…:

-¡Qué enigmático! ¿Qué es? ¡Quiero ser la primera en verlo, déjenmela!- Belle abrió; su aspecto era ahora el de una niña curiosa-. ¡Son sólo caramelos, qué tontería! Si esto es lo único que le ocurre, no es suficiente, señor. No queremos comer caramelitos, sino divertirnos.

-Si come seis de estos caramelos que ahora rechaza, le aseguro que se divertirá como nunca lo ha hecho, de una forma nueva, deliciosa, maravillosa- dijo el joven doctor poniendo media docena en una hoja verde y ofreciéndoselos.

-Pero, ¿qué son? Preguntó mirándole con recelo.

-Hachís. ¿Es que nunca ha oído hablar de él?

-¡Oh, sí! ¿No es esa sustancia india que provoca fantásticas visiones? Siempre había querido conocerla y probarla, y ahora podré hacerlo, dice Belle, mordisqueando una de las seis grageas de corazón verde.   (…)

-¿Cómo se siente uno?- Preguntó Belle, comiéndose ya el segundo confite.

-Envuelto en un ensueño celestial, en el que uno parece flotar por los aires. Se tiene una gran sensación de tranquilidad y todo alrededor es bonito; no existe el dolor, la preocupación, ni el miedo, y bajo sus efectos uno se siente como un ángel medio dormido. (…)

Done se tendió sobre el duro sofá e intentó dormir, pero sus nervios estaban desquiciados, cada latido de su corazón sonaba como un constante martilleo y percibía todo lo que le rodeaba doblemente intensificado y exagerado con una fuerza terrible. La lluvia torrencial le parecía un huracán salvaje; la extraña habitación, una selva habitada por fantasmas atormentadores, y todas sus experiencias vividas pasaban ante sus ojos como si fuese una procesión sin fin: se estaba volviendo loco». (Alcott, 1869).

El relato se centra en los afectos (potenciados por el hachís) de otra muchacha, Rase, y su admirador, Mr. Done. Éste le roba un beso, se produce una situación comprometida, se comparten ciertas intimidades y acaba con un final feliz:

«-Ah, señor, Done, ¡apárteme de sus ojos y de sus preguntas cuando pueda! Estoy tan agotada y nerviosa que me traicionaré. ¿Me ayudará? – Y se volvió a él con una mirada confiada curiosamente contrastante con el dominio de sí que normalmente tenía.

–   Te defenderé con mi vida si me dices por qué tomaste hachís – dijo él, deseoso de saber su destino.

–   Esperaba que me hiciera suave y adorable, como las demás mujeres. Estoy harta de ser una estatua solitaria – titubeó ella, como si le arrancara la verdad un poder superior a su voluntad.

–   Y yo tomé a fin de cobrar valor para declararte mi amor. Rose, hemos estado juntos cerca de la muerte; compartamos la vida, y ninguno de los dos volverá a estar solo o a tener miedo.

Él extendió su mano hacia ella, con la felicidad brillando en su rostro, y ella le dio la suya, con una mirada de tierna sumisión, mientras él decía apasionadamente: ¡Loado sea el hachís, si sus sueños acaban así!» (Alcott, 1869).

La verdad es que esto no se parece mucho a la azucarada vida de las hermanas March (de Mujercitas), aunque es posible que éstas hubieran estado de acuerdo con aquellas sociedades femeninas proclives a la templanza que, en la década de 1890, promovieron el uso recreativo del hachís en lugar del alcohol: éste fomentaba el maltrato a las mujeres, y el hachís no (Green, 2003:118). Sabemos que Louisa May Alcott consumió dichos caramelos de la Gunja Wallah Company’s, compuestos por azúcar de arce y hachís, un dulce muy popular desde la década de los años 60 del siglo XIX.

Cura de morfina

Otras influencias

También pudo estar inspirada por una obra anónima suya titulada A Modern Mephistophes (1877), en donde se explican de forma más amplia los efectos del hachís, y donde Jasper Helwyse, un opiómano, seduce a Gladys, la joven esposa de un amigo llamado Felix Canaris, con una bombonera de carey y plata en la que había media docena de confites blancos de agridulce sabor. Los efectos son claros: “Con los ojos brillantes, las mejillas brillaban con un profundo rosa y una indescriptible expresión de bendición en su rostro que ahora era a la vez brillante y soñadora… Ella comenzó a deslizarse rápidamente en el escenario inconsciente del sueño del hachís, cuya llegada no se puede predecir”.

Louisa May Alcott comenzó a utilizar opio para aliviar las secuelas de la fiebre tifoidea contraída durante el servicio como enfermera durante la Guerra Civil Americana. Alcott, como hemos comentado anteriormente, experimentó con el hachís, ya que no tenía el mismo estigma que el opio. Estaba convencida que sus dolencias después de las fiebres tifoideas fueron resultado del tratamiento con calomel, un producto medicinal realizado a base de mercurio, altamente tóxico, y más si era para uso habitual. Así que consumió opio, que le ayudó a eliminar el malestar y los efectos secundarios. Alcott conoció los males del hábito del opio (durante el siglo XIX se desconocía el concepto de adicción), y veía que era un tema controvertido y un problema moral.

Alcott murió de un cáncer intestinal. Sabemos que en estos últimos momentos de su vida consumió morfina para aliviar sus fuertes dolores, ya que lo había suplantado primero por láudano y anteriormente por opio, en dosis masivas para aliviar su malestar. Descubrimos que el opio comenzaba a tener mala prensa, mientras que el hachís se vendía como una distracción para todos los públicos. Cómo cambia la historia.

 

Bibliografía

  • Alcott, L.M. (1869). Perilous Play. En Proyecto Gutenberg de Australia (http://gutenberg.net.au/ebooks06/0603031h.html entrada 3/11/2012).
  • Green, J. (2003). Cannabis, una enciclopedia ilustrada. RBA Integral, Barcelona
  • Kimmens, A. C. (1977). Tales of hashish, Wm. Morrow, New York.
  • Robinson, R. (1999). El gran libro del cannabis. Lasser Press Mexicana, México.