Generalmente hablar de Dionisos se asocia directamente con estados de embriaguez, con el goce absoluto, con las pasiones, con las orgías y los instintos más profundos. Sin embargo Dionisos también es el dios de la transformación, que se camufla con otros ropajes y se convierte en otro.

Dionisos es hijo de Zeus y de Perséfone y fue destrozado y devorado por los titanes. Su padre lo resucitó con las cenizas de sus enemigos. Otra historia de Dionisos es que es hijo de Zeus y Seleme, esta muere antes de que su hijo nazca y es insertado en el muslo de Zeus para que nazca, cosa rara. La tercera versión encontrada es que Hermes lo transforma en una cabra e inventa el vino. Dionisos viaja por Egipto y por la India para regresar a Grecia. Es un dios cambiante, extranjero, bisexual, que cambia todo, que rompe con todo.

En las primitivas fiestas en honor de Dionisos, el dios de la flora y de la vendimia, los coros celebraban sus alabanzas con cantos apasionados y violentos, o panegíricos. Para acentuar la semejanza a un macho cabrío los miembros del coro se disfrazaban de sátiros con patas de chivo. Por desgracia los investigadores no tienen ninguna huella precisa de tales fiestas o liturgias.

El culto llega a Roma

Los romanos eran bastante amantes del vino, si bien una costumbre ancestral excluía de la bebida a los menores de treinta años y a las mujeres. Ya en tiempos de Rómulo cuenta Tito Livio que Egnatius Mecenius mató a su esposa por beber vino de una barrica, siendo absuelto por el rey; también refiere el caso de una infeliz soltera, condenada por su familia a morir de hambre al ser descubierta abriendo el armario donde estaban las llaves de la bodega (Escohotado, 1999). Los cultos dionisíacos ponen en peligro el orden establecido, sobre todo el poder patriarcal. Los hombres tienen miedo de las mujeres enloquecidas por el éxtasis dionisíaco; es para ellos un riesgo del orden social (Molas y Almirall, 2002: 132).

La vid en la religión romana se encuentra muy vinculada a los cultos báquicos y con la idea de la inmortalidad. Los cultos dionisíacos arrastraron a millares de seguidores a desenfrenos, orgías y celebraciones. Los misterios báquicos son similares al resto de misterios. En la iniciación existe una abstinencia sexual como purificación ritual que después será «consumida» por los sacerdotes y sacerdotisas. Las bacanales eran ritos donde sólo se admitía a mujeres, cuyas ceremonias ocupaban tres días al año; sin embargo, con el transcurso del tiempo una suma sacerdotisa decidió incorporar a sus hijos e iniciar también a varones, trasladando las ceremonias a la noche y transformando los tres días anuales de sacrificios en cinco al mes.

Después de terminar la Segunda Guerra Púnica con la batalla de Zama las asociaciones báquicas, que veneraban al dios tracio Dyonisos, el Baco de los romanos, cuyo culto principalmente se encontraba entre los estratos más bajos de la sociedad ateniense del siglo IV a.C. había gozado de una gran aceptación. Se propagó rápidamente por Roma. Los devotos del dios en Roma eran fundamentalmente mujeres; entre ellas había mujeres libres y algunas nobles. Para el comediógrafo Plauto los rituales báquicos eran un ejemplo de desorden y juerga.

Los cultos báquicos al principio gozaban de poco interés en Roma, hasta que se pusieron de moda entre los hombres, menores de 20 años, gracias a las innovaciones de Campania y Paculla Annia que celebraban los rituales por la noche cinco veces al mes. Se ha pensado que era una crisis generacional. Las mujeres desempeñaban papeles muy importantes en este culto. Los cultos eran una evasión contra la frustración que le producía su sociedad y también una realización de su vida amorosa. Los cultos báquicos también tuvieron ricos plebeyos.

El ritual báquico consistió fundamentalmente en una iniciación, por la que la persona entraba a formar parte de la asociación báquica y en una experiencia orgiástica, según la cual, mediante una borrachera, el baile y el erotismo, creía el iniciado que entraba en posesión del dios. En este estado de posesión las mujeres corrían hacia el río Tiber y los hombres profetizaban. En las bacanales también se cometían actos de lujuria, tanto entre personas del mismo sexo como de distinto sexo. Esto escandalizaba en una época en el que la homosexualidad aún no se había puesto de moda en la sociedad romana.

Estos rituales se celebraban en casas privadas y en un bosque consagrado a la diosa Estimula, al pie del monte Aventino, en Roma, mediante danzas orgiásticas, con la sola participación de mujeres casadas, disfrazadas de Ménades, las mujeres que acompañaban a Dionisos en la leyenda.

El Edicto sobre las bacanales

El emperador finalmente tomó cartas en el asunto ante el temor que las viejas tradiciones religiosas se vieran alteradas y publicó un decreto denominado Senatusconsultum de Bacchanalibus, en el que se prohibían los citados ritos y se condenaba a muerte a todo el que participase en ellos; la mayoría pasada a cuchillo o crucificada; unos siete mil (Escohotado, 1999). Su reacción fue fulminante. Fue la primera gran persecución religiosa del Imperio romano.

Fue en el año 186 a. C. cuando los cónsules Espurio Postumio y Quinto Marcio descubrieron que se celebraban en la ciudad bacanales o «Misterios orgiásticos» nocturnos. El cargo que se imputó a los dionisíacos tenía singular relación con el alcohol:

«Al elemento religioso se añadían los deleites del vino y las fiestas, para atraer las mentes de un mayor número. Cuando el vino había inflamado sus mentes, y la noche y la promiscuidad de hombres y mujeres, de la juventud con la edad había destruido todo sentimiento de modestia, comenzaron a practicarse toda suerte de corrupciones […]. Había además asesinatos secretos, donde ni siquiera pudieron encontrarse los cuerpos. Mucho se logró por astucia, más por violencia. Esta violencia quedaba oculta, pues entre los aullidos y el resonar de tambores y timbales no se escuchaban los gritos de las víctimas a medida que procedían los abusos deshonestos y los crímenes».

Se acusaba a los seguidores de este culto de asesinos. Se premiaba a los delatores, se prohibió ocultar y ayudar a los acusados que huyesen. Los templos fueron destruidos. Seis años más tarde, en el 180 a. C., el pretor competente se quejaba de que tras condenar a 3.000 personas no se veía el fin del proceso contra este grupo. Llegaron a ser ajusticiados unas 7.000 personas. Finalmente el tema duró justamente tanto como la situación de epidemia legalmente decretada.

El poder romano veía los rituales dionisíacos como un ritual extranjero; pero rituales y oficiantes extranjeros caracterizaban ya a otra religión oriental muy arraigada en Roma: el orgiástico culto de la Gran Madre (Cibeles) y su chivo expiatorio Attis. Por otra parte, el discurso consular sugiere entre líneas que las acusaciones de promiscuidad sexual y embriaguez, al igual que la defensa de la «verdadera» religión, palidecen en importancia si se comparan con ajustes de cuentas particulares y el temor de revueltas sociales que poco después desembocarán en guerras civiles.

Es curioso ver como no se iba contra el vino o el sexo pero sí contra un grupo de personas y qué mejor escusa que la de ser un peligro para el imperio. En el 186 a. C. quedó prohibido que participasen en él ciudadanos romanos, prescribiéndose que ninguna ceremonia con más de cinco miembros se podría celebrar sin previa autorización del Senado. Pero la reprobación desapareció, y unas décadas más tarde la trinidad romana de Ceres, Líber y Líbera fue asimilada a Deméter, Baco y Proserpina, conociendo una fortuna excepcional el dios del vino, el vino y sus cultos desde el siglo I a. C. en adelante.

Rito secreto

Las bacanales eran lugares de iniciación secretos y nocturnos. El juramento tenía por objeto el silencio de todo el ceremonial. Este juramento convertía a los que pronunciaban en «conjurados», en una asociación fundada sobre el juramento común de los participantes y en una unidad sagrada. Los iniciados se conocían mediante una señal en la vida cotidiana. Existió una solidaridad que daba esta fe.

Las bacanales eran sitios de evasión para la masa de desheredados, con grandes problemas económicos y sociales, y para las mujeres que no se habían realizado plenamente, debido a la situación por la que atravesaba Roma. Así se buscaba una respuesta religiosa a problemas sociales y se pretendía una liberación religiosa.

Roma castigaba a los sectarios dionisíacos como asociados a una secta subversiva para el propio Estado. Los cultos dionisíacos representaban una oposición radical a las tradiciones romanas, a lo establecido, al orden y por ello fueron perseguidos. Las bacanales eran asociaciones apolíticas, puesto que eran un movimiento religioso autónomo. La persecución no sirvió para nada, tan sólo para ajusticiar, encarcelar y desterrar a miles de desgraciados. Cien años después los cultos dionisíacos gozaron, de nuevo, de gran aceptación entre las clases altas de la sociedad romana atormentados por ideas de ultratumbas y de inmortalidad que gastaban su dinero en encargar sarcófagos suntuosos para depositar sus cadáveres.

 

Bibliografía

Molas Font, M.D. y Almirall Arnal, E. (2002) Vivir en femenino. Estudio de mujeres en la antigüedad. Edicions Univertitat Barcelona.

Blázquez Martínez, J.M. (1973) «El edicto sobre las bacanales del año 186 antes de Cristo». Jano nº 63 pp. 105-108

Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid