Los sentidos se despiertan cuando una mano recorre un cuerpo, conocido, extraño, lejano, cercano. Como raíces de un viejo árbol, las venas emergen duras, turgentes, al contacto de las pieles ya indiferenciadas. La sangre se alborota, y nuestro ser es invadido por la excitación, placer, tranquilidad, paz, y por la alegría que produce el contacto con otro ser humano.

Por Doctora Andrea Mindlin

Todas estas sensaciones que nos hacen sentir vivos, plenos, llegan a través del órgano más extenso del cuerpo humano. La piel, la carta de presentación ante el mundo, como una llave mágica abre la conciencia de que no estamos solos, que en este mundo loco y materialista no es poca cosa.

Son tantas las vías de comunicación que nos brinda la dermis, que lo mejor que podemos hacer por ella es cuidarla, y no solo por una cuestión estética, ya que tiene una función de regulación térmica, de la percepción del frío y el calor. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de piel, dermis, epidermis y otros extraños términos académicos? Como si fueran capas de un sándwich, la piel se divide en varias capas, o más exactamente, en distintos estratos, cada uno con su particularidad y función. Reguladora, como vimos hace unos artículos, tanto de la absorción de líquidos como de la eliminación de toxinas (la transpiración, sin ir más lejos, cambia de características según el régimen alimenticio), la piel constituye la crucial barrera protectora que cobija y protege los órganos internos de los avatares del mundo exterior, desde los cambios de temperatura del día a la noche, del verano al invierno, de la fiebre a la hipotermia; protege incluso de las radiaciones invisibles.

Dividida en tres capas (recordad la escuela: epidermis, dermis e hipodermis, de afuera hacia adentro), la primera es obviamente la de mayor exposición, responsable de mantener la mayor cantidad de agua posible que “riegue” –para mantener activas- las restantes. De ese modo, el estrato que le sigue -la dermis- puede continuar fabricando lo que mejor sabe hacer: una proteína de la que se habla demasiado, el colágeno. Su principal propiedad es compatibilizar la células de manera que aumenten su eficacia, lo que se manifiesta a ojos vista con la lozanía, tersura y firmeza; en fin, es lo que marca la diferencia entre un pellejo o simple cuero y una piel bella.

La engañosa publicidad

Las industrias que se encargan de elaborar cremas carísimas y con unas publicidades dignas de un videoclip, usan un concepto equívoco que confunde a la hora de elegir con qué mejunje embadurnamos nuestra cara.

Las propagandas abusan de un término, que es el de “crema hidratante”. Hay cremas hidratantes para el día, la noche, la media tarde, y hasta el mediodía.

Y esto es un error: las cremas no hidratan nada; lo que sí hacen es evitar que la piel se deshidrate, que las células que forman la piel pierdan agua.

En el mejor de los casos, la hidratación se produce de adentro hacia fuera, ni más ni menos que tomando agua. Mucho más sencillo y más barato que lo que se vende.

A medida que el tiempo hace de las suyas sobre nuestras osamentas; en tanto nos exponemos a las vicisitudes de los climas, aun cuando atravesamos zonas contaminadas o disfrutamos de la caricia del sol, nuestra piel padece un desgaste directo en las fibras del colágeno.

La tecnología tiene sus ventajas

En la industria cosmética, así como en la farmacéutica, continuamente se están buscando nuevos productos, más naturales, más eficaces y eficientes. Son mercados muy rentables, pero con una muy alta rotación de productos y de mucha competencia. Por otra parte, gracias a la concienciación sobre el medio ambiente que ha ido creciendo en las sociedades, los organismos de control -tanto medioambientales como sanitarios- se han vuelto un poco más estrictos, en cuanto al uso de determinados principios activos. Las empresas tienen que fijarse, antes de desarrollar un producto cosmético, en si sus componentes son o no tóxicos a largo plazo, si son productos potencialmente carcinógenos (pueden desarrollar algún tipo de cáncer) o teratógenos (pueden producir daños en el feto).

Si bien se ha avanzado mucho en los últimos años, cabe decir también que hay un largo camino por recorrer. Se siguen usando materias primas (los componentes con los que se fabrican los cosméticos) derivadas del petróleo, como el aceite mineral, además de derivados bencénicos, utilizados como conservantes.

Pero al ser tanto el gasto de las empresas en demostrar que un producto es seguro, estas maquinas de hacer dinero -ni lerdas ni perezosas- han buscado caminos alternativos. Ya desde los finales de la década del 90 se ha instaurado una nueva tendencia, que apunta a incorporar a la industria cosmética, productos biológicamente activos. Que los productos sean biológicamente activos significa que deben tener una acción determinada, en un sitio determinado. En el caso de la cosmética -o para ser más amplios, en el cuidado de la salud de la piel-, los productos deben ejercer su acción específicamente en alguna de las capas constitutivas de la piel. Así, por ejemplo, en el caso de la celulitis, la inflamación del tejido conectivo producida por la acumulación de grasas y toxinas dentro de las células llamadas adipositos, que forman parte del tejido en cuestión. Uno de los posibles tratamientos consiste en aplicar un producto que licúe y ayude a drenar la grasa de los fastidiosos adipocitos. El tejido conectivo, morada de las células con grasa, se encuentra debajo de la última capa de la piel, por lo que hay que atravesar las tres capas de la piel. Hacer un producto biológicamente activo conlleva hacer un producto cosmético que -aun usando viejos y nobles productos para tratar la celulitis, como puede ser el panax ginseng, la centella asiática o la cafeína- cruce las barreras de la piel de forma rápida y efectiva para llegar al sitio de acción.

La eficacia al mejor estilo neoliberal

Igual que en los modelos económicos neoliberales, que promueven reducir el gasto público para hacer del estado una empresa eficiente, las nuevas tecnologías no escapan a esta filosofía. A ciertos principios activos ya usados desde los tiempos de nuestros antepasados se les hacen determinadas modificaciones en su estructura molecular que las convierten en productos altamente eficaces. En el caso que nos compete, la eficacia viene dada por el hecho de que el activo actúe en el sitio preciso, en toda su concentración y durante el mayor tiempo posible, para que pueda cumplir su función.

Poniendo el ejemplo de la centella asiática, para combatir la celulitis se usa un preparado cuya concentración debe ser de cinco gramos de centella en noventa y cinco mililitros de emulsión, para que lleguen a los adipocitos los cinco gramos de centella sin perdidas de principio activo por el camino, y para que actúen el tiempo necesario, hasta lograr que la centella disuelva la grasa de los adipocitos.

Corte de ruta

El meollo de este asunto de los cosméticos de liberación selectiva es el estudio que hacen los quimicos cosméticos sobre las rutas de penetración. La idea es saber sobre qué capa de la piel se quiere que actúe el principio, a fin de lograr que llegue directamente a esa capa la mayor cantidad posible y que actúe durante el mayor tiempo posible.

Se han estudiado dos rutas de penetración. Una es la llamada de derivación y la otra la transdérmica. La de derivación es a través de los poros (por donde sale la transpiración) o por el folículo de los pelos, es decir, por el orificio de donde sale el pelo. La ruta transdérmica puede ser intracelular -es decir, que el principio activo pase por los espacios que hay entre célula y célula- o transcelular, esto es, que atraviese las células.

Parches o soluciones

Cuando se afirma que una sustancia es humectante o hidratante significa simplemente que retiene la humedad de la piel sin pérdidas patógenas, nunca que la aporte. Del mismo modo, cuando se dice que es emoliente, de ningún modo implica que incorpore células nuevas, sino que las reacomoda de forma que alisa la superficie y la suaviza. Los productos mal llamados hidratantes lo pueden lograr simplemente actuando como un sellador sobre la epidermis, la primera capa de piel, con lo que evitan que se escape el agua. Así actúan, por ejemplo, las cremas hechas a base de manteca de karité. Como la manteca de karité se usa también para hacer masajes gracias a su untuosidad, los masajes favorecen la apertura de los poros, con lo cual la manteca puede llegar a penetrar algo más que hasta la primera capa.

Otra característica importante es que la dermis es una de las capas que más agua contiene: de un sesenta a un ochenta por ciento de su estructura. Otra propiedad importante de la piel es que respira. Tanto las células de la epidermis como las de la dermis realizan un intercambio gaseoso con el medio ambiente, es decir, necesitan el oxigeno del aire para que las células que constituyen ambas capas puedan realizar todas las actividades metabólicas: crecer, desarrollarse y morir para que luego haya un recambio celular. Son funciones indispensables para mantener su turgencia y estructura. Por los motivos descritos, los principios activos que actúan como selladores, si bien van a evitar que se escape agua, también impiden que la piel respire, con lo cual el efecto beneficioso que proporcionan es a corto plazo.

¿Productos nobles o tecnología? Esa es la cuestión

Aquí entra en acción nuestro bien amado y versátil aceite de cannabis sativa.

Nuestro bienhechor aceite es un muy buen emoliente y un producto anti-envejecimiento. El aceite de cannabis hidrata, no por un efecto mecánico de tapón, sino por su efecto reparador sobre la pared de las células de la epidermis. Esto se debe a la gran cantidad de ácidos grasos esenciales (aquellos que el cuerpo no puede fabricar) que contiene, de los cuales los más abundantes son el omega 3 (alfa linoleico) y el omega 6 (gamma linoleico). Además de estar en grandes cantidades en el aceite de cannabis, se encuentran en una proporción óptima, de tres a uno: por cada molécula de omega 3 hay tres moléculas de omega 6. Esto le confiere propiedades ideales para su uso en cosmética, y permite a ambas moléculas incorporarse a los lípidos de la pared celular. Al incorporarse ambos aceites esenciales a la pared celular, otorgan a ésta una mayor rigidez: como si reforzáramos la pared de un dique, evitando que se escape agua de las células; que se deshidraten, en definitiva. Todo esto se traduce en una piel más turgente, más lisa, con un aspecto más juvenil.

Para ejercer esta acción beneficiosa, el aceite de cannabis sativa tiene que penetrar en el estrato córneo, capa constitutiva de la epidermis. Tenemos la grata sorpresa de que las moléculas lipofílicas (que son más afines a las sustancias grasas), como lo es nuestro querido aceite, lo hacen de forma muy eficaz. Esto permite que, para que el aceite ejerza su acción, no hace falta modificar de ningún modo su estructura. Aplicando directamente el aceite sobre la piel se verán los resultados antes descritos.

Otro uso del aceite de cannabis es que es un muy buen filtro solar, por su capacidad de absorber tanto rayos UVA como UVB, ambos dañinos para la piel. Para que los filtros solares tengan mayor efectividad, lo ideal es que contengan en su formulación principios activos con peso molecular alto. Esto último se consigue cuando se usan principios activos cuyas moléculas constitutivas son de gran tamaño. Como era de esperar, esta condición también la cumple el aceite de cannabis. Los filtros solares actúan sobre la epidermis; no es necesario que penetren a las capas más profundas. Obtendremos un muy efectivo filtro solar formulando una crema pesada, con mayor contenido graso que acuoso, a la cual se le incorpore aceite de cannabis.

La moraleja es que, a pesar de tanta publicidad sofisticada de las nuevas tecnologías en cosmética, hay productos muy nobles, como el aceite de cannabis, que no necesitan de ningún tipo de modificación para que actúen de forma totalmente eficaz. Esto demuestra que tanta tecnología e inversión es sólo un desesperado intento de los monopolios por captar mercados, más dinero y más incautos.