A partir de lo planteado en el libro “Tras el Grito” por el periodista Johann Hari, se buscará argumentar porqué la legalización de las drogas es la única manera de superar el drogocentrismo y poner en el centro el cuidado de la vida de las personas.

Por Andrés Kogan Valderrama

Un consumo de drogas, que como explícitamente expresó Harry Anslinger en su momento (primer comisionado de la Oficina Federal de Narcóticos de Estados Unidos), no es otra cosa que un ataque a los principios mismos de la civilización occidental.

En otras palabras, la guerra contra las drogas fue una cruzada de occidente para reforzar el racismo hacia negros, latinos, chinos, árabes, por ser quienes trajeron sustancias tóxicas para “contaminar” al hombre blanco, cristiano y heterosexual. De ahí que han sido justamente aquellos grupos quienes han sido más humillados y perseguidos, siendo Estados Unidos el país en el mundo que más ha encarcelado personas por delitos por drogas.

Además, el prohibicionismo fue el instrumento perfecto para generar un mercado ilegal de drogas, en donde el secuestro y el asesinato de miles de personas ha sido una constante. El caso de Ciudad Juárez de México es quizás el más dramático,  en donde en cinco años han sido asesinadas setenta mil personas.

Con este escenario, resulta curioso que buena parte de las legislaciones en el mundo, ya sean progresistas o conservadoras, aún sean mayoritariamente prohibicionistas. De ahí que las miradas más punitivas, que realizan una relación directa entre drogas y delitos, sigan priorizando los recursos en vigilancia por sobre los de prevención y tratamiento.

Es así como estas miradas se han sostenido desde un drogocentrismo, que pone en el centro el poder de las drogas sobre los seres humanos, como si estas fueran capaces de secuestrar la mente de los consumidores, sin importarle en lo más mínimo los contextos y las experiencias de vida de quienes consumen.

Es aquí donde la teoría farmacológica de la drogodependencia, proveniente de la biopsiquiatría, ya no ve al consumidor como un delincuente sino como un enfermo mental. En consecuencia, es un dispositivo de poder que omite la evidencia con respecto al consumo, en donde el 90% de las personas adultas que usan drogas no han tenido un uso problemático.

Se podrá decir, desde una mirada drogocéntrica, que hay que “salvar” a ese 10%, pero nuevamente la evidencia nos muestra que el problema de fondo no está en la droga en sí.  Como bien ha planteado el psicólogo Bruce Alexander, las causas de la adicción guardan relación a la falta de vínculos y aislamiento de las personas, y no con las sustancias químicas como tal.

Asimismo, se argumentará que existen pruebas científicas de que el uso de drogas en jóvenes genera daño cerebral. No obstante, si bien es cierto aquello, nadie que defienda la legalización de las drogas lo está pensando para menores de edad, ya que solo se busca regular el consumo para adultos, al igual que otras sustancias tóxicas para el organismo, totalmente legales, como lo son el alcohol y el cigarro.

Además, permitir la existencia de una red de entidades prescriptoras de sustancias, no hará otra cosa que quitarle el negocio a los narcos y carteles. Esto acompañado a que es la única forma de garantizar la calidad de las drogas que se consumen, ya que cuando son ilegales se desconoce completamente su nivel de pureza, por lo que es la gran causante de las muertes por sobredosis, sobre todo en los sectores más empobrecidos.

Desde la vereda del prohibicionismo, dirán que los países que han despenalizado y legalizado el consumo de drogas ha existido un aumento de quienes lo hacen, lo que es cierto. Lo que no dicen es que ese leve aumento del consumo ha ido acompañado de una considerable disminución de la violencia, del número de personas adictas y de mucho menor acceso de los jóvenes a las distintas drogas. 

En síntesis, no hay razones sólidas para oponerse a la legalización de las drogas, ya que lo que se busca es poner en el centro el cuidado de las personas. El famoso dicho prohibicionista sobre el flagelo de las drogas debiera ser reemplazado por el flagelo del drogocentrismo, ya que lleva  más de 100 años profundizando el  racismo, clasismo y sexismo, mediante la estigmatización, persecución, aislamiento y muerte.


Andrés Kogan Valderrama
Sociólogo
Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable
Magister en Comunicación y Cultura Contemporánea
Doctorando en Estudios Sociales de América Latina
Editor de Observatorio Plurinacional de Aguas www.oplas.org