En Roma se regulan las drogas por la Lex Cornelio y aunque se utilizan muchas sustancias es el opio el que más se utilizaba en los tratamientos del dolor y para olvidar los problemas de la vida (Torres et al. 1997: 12).

La Lex Cornelio es el único precepto genérico sobre sustancias modificadoras del ánimo, que estuvo vigente desde tiempos republicanos hasta la decadencia del Imperio. Relacionado con drogas aparece también un edicto de Alejandro Severo, que como consecuencia de algunas intoxicaciones, prohíbe usar manzanas espinosas (una datura) y polvo de cantáridas o mosca española en los burdeles napolitanos. O Agripina, mujer del emperador Claudio, al que asesinó con un plato de amanita phalloides mezclado con amanita caesarea (Castillo y Col. 2007: 47). Pero las plantas fundamentales en Roma son la vid y la adormidera.

Claudio Galeno
Claudio Galeno ejerció la medicina en los reinados de Marco Aurelio, Comodo y Septimo Severo, en el siglo II d. C. (129-199). Puede decirse que fue el médico más importante de la antigüedad, dividió las sustancias según cuatro cualidades y cuatro intensidades y su sistema fue muy popular en su momento hasta toda la Edad Media. Nació en Bérgamo (hoy Turquía), una ciudad famosa por sus plantas de adormidera y su templo a Asklepios, donde quizá se inició tempranamente en la terapia del sueño templario que llegaba a sanar al enfermo directamente a través del sueño según el procedimiento de la incubatio. El hecho de haber¬se encontrado instrumental médico en el transcurso de las excavaciones del templo, forceps en forma de pinzas y sonda de oído, y la sala del comedor parece reproducir la morada del dios Hypnos.

Galeno

Galeno concibe el jugo de adormidera como paradigma vegetal mágicamente activo que constituye a la vez veneno y remedio; se trata de una sustancia que cura y que mata. Cura porque parece matar y no amenaza vanamente, ya que para Galeno es «frío en cuarto grado», al igual que la cicuta, mientras sustancias como la mandrágora pertenecen al tercero. Ningún otro fármaco posee una potencia soporífera o analgésica comparable, y justamente eso hace de él un recurso necesario para múltiples terapias, sobre todo las de dolor. Galeno discrepa de aquellos que opinan que es una sustancia inútil o perjudicial para los dolores de ojos, y mantiene que “dos colirios de opio calman los dolores de ojos”. Por lo que respecta a sus principales virtudes, enfriar y aturdir, resultan de evidente utilidad.
Por Galeno también sabemos que era normal ofrecer cannabis en reuniones sociales de clase alta, costumbre aprendida de la sociedad ateniense o quizá de los celtas. Según la costumbre romana y por Galeno con el cannabis se resuelven las ventosidades pero arruina la virtud genital si el consumo es en exceso, además la semilla se digiere muy mal, produce dolor de cabeza y genera malos humores (Ruiz, 2005: 88).
Para los estados depresivos Galeno recomendaba un antídoto realizado con lirio, mandrágora, flores de tilo, opio y recula. Galeno triunfa en Roma como médico científico de la elite social romana, elaborando su célebre triaca magna.

El opio romano
Ya Eneas había dado opio a Atlas para aliviar su dura suerte. Cuenta Livio que Tarquino el Soberbio cortó las cabezas de las mayores adormideras como símbolo de la conducta a tomar ante unos conjurados, y Plinio el Viejo no vacila en decir que «la adormidera siempre gozó de favor entre los romanos».
Deméter, en recuerdo de la sustancia que alivió su dolor por la pérdida de Perséfone, aparece representada con adormideras. También acompañaba la adormidera a Afrodita en ocasiones, a Artemisa y hasta a Atenea. Ceres, la versión latina de Deméter, porta una cápsula o un ramillete de adormideras. La diosa usaba opio para olvidar los pesares, y a veces lo administraba a otros a través de Somnus como cuando interviene para mantener a Aníbal alejado de Roma en el poema de Silla:
«En su cuerno tiene preparado ya el jugo, se apresura en la noche sin ruido, hacia la tienda del cartaginés, y derrama sobre sus ojos la sedante rociada».
En el arte mediterráneo antiguo la adormidera constituye un símbolo del sueño reparador que aparta las zozobras de la desapacible vigilia y sus recuerdos. Virgilio habla de «cápsulas impregnadas por el sueño del olvido». Somnus aparece casi siempre representado en forma de un ser antropomórfico y barbudo, que se inclina hacia el durmiente y escancia sobre sus párpados jugo de adormidera desde un cuerno como los empleados para beber. La imagen se hizo tan habitual que el recipiente llegó a llamarse en lo sucesivo el “cuerno de opio”.

Las Triacas
La triaca era una preparación compuesta por varios ingredientes distintos, en algunos casos formado por más de 70 ingredientes de origen vegetal, mineral o animal. La mayoría de ellos incluía opio. Se usó desde el siglo III a. C., originalmente como antídoto contra venenos, incluyendo los derivados de mordeduras de animales, y posteriormente se utilizó también como medicamento contra numerosas enfermedades, siendo considerado un remedio universal.
Por lo que respecta a los emperadores romanos, una alta proporción consumía generosamente opio, tanto en forma independiente como en triacas. El jefe de los médicos de Augusto fue Filonio, inventa una triaca compuesta de pimienta blanca, espinacardo, opio y miel para que César lo utilizase de forma diaria. Tiberio, su sucesor, se trasladó a Capri para seguir consumiendo su excelente opio. En cuanto a Nerón, su médico de confianza, Andrómaco de Creta, inventó el llamado antidotus tranquillans, hecho con un 30% de opio y un 70% de otras sustancias, entre las que destacaba la carne de víbora. Nerón llegó a tomar un cuarto de litro de esa triaca a diario, lo que equivale a 75 gramos de opio puro, y Tito murió quizá de sobredosis de esta triaca. El médico de Trajano, Critón, inventó otra triaca consumida a diario por su emperador, y se sabe que Antonino Pío empleaba otra, compuesta por más de cien ingredientes. El hito en esta línea fue la llamada triaca magna o galénica, receta favorita de la farmacopea árabe y europea hasta el siglo XVI, cuya proporción de opio alcanza el 40%. Además de la triaca, Marco Aurelio desayunaba una porción de opio grande como un haba de Egipto y mezclada en vino por prescripción de Galeno, y así lo hizo durante más de veinte años. El fármaco fue empleado para terapia agónica y como eutanásico por Nerva, Trajano, Adriano, Septimio Severo o Caracalla.
Los emperadores que les siguieron parecen haberse inclinado más por las bebidas alcohólicas. Heliogábalo, Galerio, Maximino y Joviano eran alcohólicos declarados, y hasta Alejandro de Tralles, médico de Justiniano, que escribe sobre medicina en doce libros, no se inventa un nuevo compuesto opiado de perdurable empleo en Occidente. Para lo sucesivo, hasta el florecimiento de la medicina árabe, van a ser los médicos bizantinos quienes conserven las complicadas recetas triacales. De las diversas dinastías imperiales, la más incondicionalmente volcada hacia el uso del opio parece haber sido la de los Antoninos (Adriano, Trajano, Marco Aurelio y Antonino Pío).

Opio

Las plantas que utilizaban
Los primeros análisis sistemáticos de botánica terapéutica corresponden a Pedanio Dioscórides de Anazarba (40-90), que nació en Cilicia (Asia Menor). Fue un griego cirujano militar en tiempos de Clauidio y de Nerón, cuya De Materia Médica constituye el tratado farmacológico más notable e influyente de los tiempos antiguos, con 600 plantas, 90 minerales y 30 sustancias de origen animal. Al igual que Hipócrates se dice que Dioscórides viajó hasta el templo de Imhotep, en Menfis, para familiarizarse con los conocimientos egipcios sobre toda suerte de sustancias. Su tratado menciona muchas veces el opio, enumerando variedades, modos de preparación y virtudes:
“Esta medicina quita totalmente el dolor, mitiga la tos, reprime los humores que destila la caña de los pulmones, refrena los flujos estomacales y aplicase con agua sobre la frente y sienes de quienes dormir no pueden. Pero tomándose en gran cantidad ofende, porque hace letargia y despacha”.
Prácticamente lo mismo piensa Cayo Plinio Segundo el Viejo (23 a. C.-79 d. C.), autor de una ingente Historia natural que en su libro XX contiene una circunstanciada descripción del opio. Es interesante ver cómo sale al paso de unos médicos que consideraban demasiado tóxico el opio:
“Con opio murió Bavilo en España, padre de Publio Licinio Cecina, hombre de rango pretorial, cuando una insufrible enfermedad le había hecho la vida odiosa, y también otros varios. Y por usado tantos para morir surgió una gran controversia. Diágoras y Erasístrato lo condenaron como fármaco mortífero y Andreas dijo que sólo porque se adultera en Alejandría su uso oftálmico no produce inmediata ceguera. Sin embargo, su uso no ha sido reprobado después, bajo la forma del famoso diacodiom” (Burton, 1876:290).
Cosa prácticamente idéntica dice Dioscórides, aunque saliendo en defensa del opio:
“Diágoras, según cuenta Erasístrato, reprobó el uso del opio en el dolor de oídos y en la inflamación de los ojos, como cosa que embota la vista y engendra muy graves sueños. Añade Andreas que los ojos que se untaren con opio puro, no adulterado, cegarán luego. Menesidemo dice que debemos solamente usar de su olor, por ser provocativo de sueño, y que si de otra arte le administramos, daña, las cuales cosas son falsas y reprobadas por la experiencia, visto que las fuerzas del opio se declaran por sus efectos.”

Planta de opio

Aspectos morales y mercantiles del opio
Es curioso que no existan referencias a la adicción al opio. Ni Dioscórides, ni Escribonio, ni Galeno, ni médico alguno clásico mencionan que el opio produzca un acostumbramiento, ni “mono” ni nada parecido. Al contrario, se sigue el criterio de ir tomando el opio poco a poco, hasta conseguir una “familiaridad” que evite el peligro de intoxicaciones agudas. Se utilizaba para provocar el sueño, luchar contra el dolor y para la eutanasia.
De esta regla no se excluyen tampoco los detractores antes mencionados (Diágoras, Erasístrato, Andreas), que no se oponen al opio por adictivo sino por demasiado tóxico, considerándolo inútil en la cura de ciertos trastornos específicos. Es evidente que para los romanos el hábito de consumir opio no se distinguía del hábito de comer ciertos alimentos, practicar sexo, hacer ejercicios físicos o irse a dormir y levantarse a alguna hora determinada. No se trataba de una panacea, pues su capacidad para anestesiar ciertos males y remediar otros llevaba consigo como evidente precio poner en peligro la vida.
Queda por mencionar la situación del mercado romano del opio. Esta sustancia tenía una fuerte demanda, variedad de calidades y diversos procedimientos de elaboración. Esto hizo que, junto a la adormidera, extraída de los jardines y huertos privados, floreciese un comercio de opio egipcio, llamado “tebaico” y mesopotámico, exportado desde Alejandría, que todos los expertos en botánica medicinal denuncian como fuente de falsificaciones y estafas. Escribonio Largo, por ejemplo, pide para sus recetas el látex extraído mediante incisiones en las cápsulas de la adormidera, y tanto Dioscórides como Plinio enumeran criterios para evitar la estafa de comprar opio de baja calidad. Según Dioscórides:
“Tiénese por excelentísimo el grave, el espeso, el que, olido, hace luego dormir, el amargo al gusto, el que fácilmente se disuelve en agua, el que no es áspero ni granado, el que no se cuaja como la cera cuando le cuelan, el que puesto al sol se derrite”.
Para Plinio:
“La principal prueba del opio es su olor, siendo casi insufrible el del puro […]. La siguiente mejor verificación consiste en exponerlo a una luz, pues debe arder con una llama luminosa y clara, y oler sólo al apagarse; el opio adulterado no se comporta así. Resulta también más difícil de prender, y se apaga continuamente. Una verificación adicional de opio puro se hace mediante el agua, sobre la cual flota como una leve nube, mientras el impuro se congrega en espumas. Pero especialmente maravilloso es que el opio puro se detecte por el sol estival. Pues el opio puro suda y se funde hasta parecer jugo recién cogido. Menésides piensa que el mejor modo de conservarlo es añadiendo semilla de beleño”.
Estas minuciosas precisiones sólo se explican para defender al comprador de lo que le espera si acude a comprar sin cautela. Dioscórides afirma:
«Falsifícanle mezclando glaucidio con él, o la goma arábiga, o el zumo de lechugas salvajes. No faltan algunos desvariados que lo sofistiquen con sebo»

El precio del opio controlado
Como hemos comentado la demanda de opio en Roma excedía con mucho la oferta. A la pluralidad de puntos de venta y al gran número de usuarios se añadía, además, el hecho de ser una mercancía de precio controlado por el Estado, con la cual los emperadores no permitían especular con su precio. Esto se debía probablemente a razones humanitarias, ya que una inflación del precio del opio dejaría a una buena parte de los ciudadanos sin recursos para adquirir un bien de primera necesidad, como el pan, la sal o la lana. La política de control estatal pudo deberse también al propósito de evitar una seria fuga de divisas hacia Asia Menor, donde se encontraban las mayores plantaciones aunque Roma controlase tal territorio y dicho producto tuviera un impuesto sobre la venta. En Roma el opio se consideraba como un medicamento más y tenía que estar accesible a sus ciudadanos. En el año 312, un censo fiscal indicaba que existían 793 tiendas dedicadas a la venta de opio cuyo volumen total de negocio proporciona un 15% de la recaudación tributaria global. Un siglo antes, en el año 214, reinando Caracalla, un inventario de las despensas del palacio imperial indicaba como una de sus partidas era de 17 toneladas de opio.
A mediados del siglo I Plinio el Viejo, que suele mencionar los precios de todas las drogas caras, no hace ninguna referencia a tal cosa en relación con el opio. Al iniciarse el siglo IV, concretamente en el año 301, el edicto de Diocleciano sobre precios fijó el del modius castrense de opio -con capacidad para 17,5 litros- en 18 denarios, cuantía que era asequible si se compara con los 80 denarios que costaba el kilo de hachís.
Actualmente donde ambas drogas son ilegales y su tráfico se castiga con penas iguales o superiores a las previstas para el homicidio, el opio viene a valer de diez a veinte veces más que el hachís, mientras en Roma, donde ambas eran legales, sucedía justamente lo contrario. Por otra parte, en Roma consumir hachís egipcio era una rareza, mientras el opio se consideraba existencia mínima en el hogar de cualquier ciudadano romano (Escohotado, 1999).

Bibliografía
• Burton, R. (1876) The anatomy of melancholy. Clarendon Press
• Torres, L., Torres Morera, L.M. y Elorza, J. (1997). Medicina del dolor. Elsevier España
• Ruiz Franco, J.C. (2005). Drogas inteligentes. Editorial Paidotribo
• Escohotado, A. (1999) Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid
• Castilla García y colaboradores (2007). Manual de fitoterapia. Elsevier España