Todo va viento en popa y de estar trabajando con variedades “clásicas” acabaríamos con una verdadera jungla en la terraza. Sin embargo, al plantar automáticas obtendremos un verdadero jardín de exterior compacto y bien ramificado. Si bien es cierto que las plantas cada vez requieren más espacio y más luz, no por eso vamos a echarnos atrás. Les daremos todo lo que necesiten hasta que ellas nos devuelvan nuestros esfuerzos en forma de cogollos como brazos, compactos y cargaditos de resina, pero tendremos que enfrentarnos a un enemigo natural: Las plagas.

 Texto: AutoMan

Existen múltiples plagas que puede sufrir un cultivo de cannabis de exterior y diferentes técnicas para prevenirlas y erradicarlas. Sin embargo, el cultivo en terraza difiere ligeramente de los cultivos clásicos de exterior en el campo, básicamente a causa del entorno. Mientras en el campo existen depredadores naturales que suelen equilibrar la situación, en una terraza es bastante más complicada la aparición natural de éstos, de manera que las plagas son más parecidas a las de interior que a las de exterior.

 La Araña Roja

Hay una particularmente común que sufren tanto principiantes como cultivadores experimentados: La araña roja. Este ácaro, aparentemente inocente, es capaz de reproducirse de forma increíble bajo las condiciones adecuadas de temperatura y humedad, pudiendo cuadruplicar la población en poco más de una semana.

Lo cierto es que la plaga se puede disparar en cualquier momento. Podemos estar todo el vegetativo viendo algún que otro ejemplar, alguna que otra manchita amarilla en las hojas, pero no le damos importancia pues no apreciamos proliferación. Pero un fin de semana tenemos que salir o no podemos atender el cultivo durante unos días por cualquier motivo, y a la vuelta nos encontramos con la desagradable sorpresa de que tenemos cientos o miles de individuos caminando por el envés de todas las hojas… Si han llegado al estado adulto, comenzarán además a tejer telas, poner huevos… un desastre, sobre todo cuando esto sucede con la floración avanzada.

En el mejor de los casos, y si hemos aplicado las técnicas adecuadas, aún habremos podido sacar algo a nuestro favor, que será una mayor potencia y desclorofilación rápida a cambio de una parte considerable de la producción. En el peor, fumaremos cogollos a medio hacer con sabor y aroma mediocre y psicoactividad baja.

Como es lógico, y debido entre otras cosas a la explosión de cultivadores en los últimos años, han surgido remedios, unos más novedosos y otros “de toda la vida”, que intentan paliar de alguna forma esta plaga, así como otra aparecida últimamente, detectada sobre todo en Cataluña y País Vasco, denominada “micro-acaros” y también de efecto devastador. Siendo la araña roja una plaga usual en todo tipo de cultivos tradicionales, sobre todo frutales y hortalizas, existen desde hace bastante tiempo diferentes agentes químicos destinados a terminar en concreto con este ácaro. Por otro lado, en la última década han ido apareciendo otros sistemas alternativos a los químicos para la lucha contra esta plaga, intentando ser lo menos agresivo posible con el medio ambiente, sin residuos tóxicos y reciclables. Así mismo, algunos insecticidas químicos han sido prohibidos, no ya su uso, sino incluso su fabricación, debido a su alta toxicidad para los humanos y el entorno.

Los Hechos

Como todos sabemos, la agricultura, y sobre todo la tradicional, comienza a ser una actividad en desuso, siendo sustituida poco a poco por sistemas automatizados de alto rendimiento. Cultivos de fresas o lechugas creciendo en invernaderos de alta tecnología. En sistemas hidropónicos son habituales ya por el sur de la geografía española y van invadiendo otras regiones. Estos sistemas se están utilizando para todo tipo de vegetales, desde flores o plantas ornamentales hasta frutas, verduras y hortalizas.

Como es lógico, este tipo de instalaciones previenen e impiden con eficiencia el paso de insectos al interior, permitiendo un control de plagas eficiente y más o menos ecológico. Pero a día de hoy, aún persisten multitud de pequeñas explotaciones, e incluso cultivos “caseros” que en la mayoría de los casos representan una fuente de ingresos, sino la única, para multitud de familias. Este tipo de cultivos está sometido a todo tipo de calamidades, desde la inclemencia del tiempo, pasando por la calidad del agua de riego, hasta todo el abanico posible de plagas. En estos casos ha sido y continúa siendo habitual el uso de agentes químicos para el control de plagas. En la actualidad, el uso de pesticidas químicos se encuentra altamente regulado a nivel internacional por diversos organismos que se ocupan de detectar y categorizar los distintos compuestos químicos que los fabricantes desarrollan a efectos de determinar sus niveles de toxicidad para el ser humano y el medio ambiente, en concreto la influencia en la cadena alimenticia y su persistibilidad activa en el ecosistema.

Estos organismos también se encargan de vigilar y velar por la no utilización ni fabricación clandestina de estos compuestos, una vez determinada su peligrosidad. Obviamente no siempre triunfa en su labor, y periódicamente se detectan fábricas ilegales y campos fumigados con productos prohibidos, aunque es cierto que esta tendencia va disminuyendo gracias, entre otras cosas, a los avances tecnológicos en materia de control de plagas, así como la mejora vegetal centrada en la búsqueda de ejemplares autoresistentes a determinados insectos y animales, además de la manipulación genética y la transgénesis. Esto provoca que el agricultor invierta un poco más en un determinado tipo de semilla y, a cambio, no tendrá que utilizar insecticidas ni pesticidas para determinadas plagas.

De cualquier forma, se presenta una cuestión que roza lo filosófico. Imaginemos a una familia que depende de la cosecha de cítricos de ese año, un par o tres de hectáreas, lo justo. Los frutos ya están diezmados, pues han sufrido fríos y granizos fuera de época, calores cuando no tocaba, y otra serie de fenómenos climáticos extraños que se están produciendo últimamente. En las últimas semanas, el 50 o 60 por ciento que queda del huerto se ve atacado por una plaga de araña roja debida a un golpe de calor, y no tiene pinta de llover, más bien la humedad relativa está por los suelos y así continuará según las previsiones hasta después de la cosecha.

El agricultor ve como día a día la población de araña va creciendo, las hojas amarillean y caen poniendo en peligro la maduración final de los frutos, y no tarda en tomar una decisión. A esas alturas ya no cabe plantearse el uso de productos ecológicos o “suaves”, pues necesita parar la invasión inmediatamente, ya casi sin tiempo de salvar la cosecha.

La Decisión

Llegado este punto, podemos buscar los motivos de esa u otras plagas, como por ejemplo, el no haber utilizado correctamente algunos de los preventivos ecológicos que existen, como los extractos de la nuez del árbol del neem o diferentes “jabones” suaves como el de potasio. Seguramente también podría haber trabajado alguna otra especie vegetal junto al cultivo principal, escogiéndola por su capacidad para atraer a alguna de las especies depredadoras de las posibles plagas que nos pueden afectar, como la mariquita para el pulgón o el amblyseius californicus contra la araña roja. Incluso determinadas bacterias como el bacillus thuringiensis pueden acabar con algunos tipos de orugas a base de destruir sus sistemas digestivos.

El caso es que a causa de lo que fuere, el agricultor no utilizó ninguno de esos medios y ahora se encuentra entre la espada y la pared, pues aunque su cultura le indica que el uso de químicos es siempre perjudicial de una forma u otra para el medioambiente, su economía le dice que debe parar la plaga por el medio que sea. Supondremos que el agricultor es una persona de su tiempo y que consciente de que se va a ver obligado a utilizar un método agresivo con el entorno, se asegurará primero de que el producto a aplicar está permitido y cumple todas las normas internacionales en cuanto a seguridad y toxicidad. A continuación lo manejará y administrará de acuerdo con todas las normas de seguridad expuestas por el fabricante, respetando cantidades, proporciones, número de aplicaciones y plazos de seguridad si el producto del cultivo está destinado al consumo humano o animal.

Teniendo en cuenta que centramos este caso en una plaga descontrolada de araña roja y/o micro ácaros, y después de analizar los diferentes compuestos insecticidas específicos para esta plaga que se encuentran a la venta de forma legal en el mercado, nos encontramos que el más eficiente y quizá menos peligroso si se usa correctamente, es el Dicofol, ampliamente criticado por muchos al ser un derivado del nocivo DDT

En el próximo artículo veremos las distintas posibilidades de prevención, de manera que podamos evitar en lo posible el uso de químicos. Hasta entonces, un saludo.

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