Son padres que cultivan sus propias plantas de cannabis para tratar a sus hijos de enfermedades que la medicina tradicional no cura. Luchan contra los prejuicios y son portavoces de una tendencia que crece en el mundo: el cannabis medicinal. Aseguran que controla las convulsiones, alivia los dolores y mejora la calidad de vida

Claudia Pérez y Daniel Devitta son padres de Darian, con síndrome de asperger y parálisis leve cerebral. Ellos vivieron en carne propia el drama de no encontrar una terapia que diera en el clavo para tratar a su hijo. Hasta que, en agosto del 2016, asistieron a un taller de la ONG Mamá Cultiva y se dedicaron a fondo a producir su propio cannabis terapéutico para Darian.

“Siempre fuimos muy reacios a la medicación porque sabemos las consecuencias que trae”, explica Daniel, y señala: “nuestro hijo tomó desde los 8 hasta los 16 años ácido valpróico, muy nocivo para el hígado, porque tenía convulsiones cerebrales cuando dormía”. Aún no conocían -como ahora- las propiedades del cannabis.

Caída del cabello y sangrado de encía fueron los efectos adversos, pero no querían -nadie quiere- ver qué otra cosa podía pasarle a su hijo. En busca de una mejor calidad de vida, optaron siempre por terapias alternativas y desde hace un año, no dudaron en empezar a cultivar.

Ahí anda Darian, sentado en la última fila del Taller de cultivo y extracción de aceite de cannabis que Mamá Cultiva organizó en La Plata, el lunes pasado. Escucha el testimonio de su madre y es el primero en pararse a recibir con un abrazo a Valeria Salech, fundadora de la organización.

Como casi todos, sus padres llegaron así al aceite de cannabis Charlotte´s Web, el único autorizado legalmente por un médico para entrar al país. En Estados Unidos se vende como suplemento dietario y solo se puede importar a la Argentina para los casos de epilepsia refractaria. “El cannabis tiene una conexión muy particular con la persona, lo que te hace bien a vos no me hace bien a mí. Es como que hay un código, un rompecabezas y vos tenés que encontrar la pieza justa”, explica Daniel. Hay más de 400 plantas diferentes y las posibilidades son amplias. Así empezaron, probando.

“Al principio el efecto siempre es bueno, no importa lo que le des”, asegura el padre de Darian y junto a su mujer cuentan los grandes cambios que vieron en la conducta de su hijo: “Está funcionando muy bien, descansa mejor, sus niveles de ansiedad bajaron, tiene mejor conexión en sus diálogos”. “Hoy nos pregunta ¿Cómo estás? ¿Cómo pasaste el día? y eso antes no pasaba”, describe Claudia.

BUSCAR SIN MIEDO

“Si lo pude hacer yo, lo puede hacer cualquiera”, marca con certeza Ximena Álvarez Castelo. Ella se asume nerviosa, aún así no le tiembla la voz para decir lo que piensa. No tiene la costumbre de hablar en público, pero hoy le toca contar su experiencia frente a unas cien personas, con la camiseta de Mamá Cultiva, bien puesta.

“Mis hijos – León (7) y Justo (6) son autistas severos, no habla ninguno”, cuenta Ximena, y aclara: “toman antipsicóticos. Los empecé a medicar porque dormían, un día sí y otro día no. Las dosis eran pequeñas y la respuesta del médico siempre la misma: aumentarla. Me encontraba con almohadas llenas de sangre por el sangrado nasal, subida de los valores en los estudios médicos, hígado graso, entre otros efectos adversos”.

León, su hijo, vivía sobre las paredes, todo lo que encontraba lo raspaba contra una pared para escuchar el sonido. Siempre sobre las esquinas, nunca interactuaba. A los tres días de empezar a tomar el aceite, hace ya tres meses, Ximena notó que se acercaba a ella por primera vez. “Quería estar conmigo, y no me lo podía sacar de encima. Ahora me mira a los ojos y creo que me entiende cuando le hablo. Hace un mes empezamos a dejar los pañales. Nunca hubiese creído la velocidad con la que se dieron los cambios”, comenta.

Una persona que autocultiva, no solo ejerce su derecho a la salud sino que deja de financiar el mercado negro existente a partir de la prohibición, dicen desde Cultivo en Familia. “De ser ´los fumones´ pasamos a ayudar a un montón de personas, cubriendo el vacío del Estado”

Saben que la planta es analgésica, mejora el apetito, genera un despertar cognitivo, alivia el dolor y se han observado beneficios en casos de artritis, autismo, cáncer, síndrome de tourette y epilepsias, anorexia y HIV, entre otras afecciones. Pero el cannabis -según la variedad- no resulta mejor para tal o cual patología sino para ciertos síntomas.

“Yo tenía el sueño de una madre de un bebe recién nacido, y ahora duermen entre 8 y 9 horas de corrido”, dice Ximena, maravillada, y describe: “cuando vi lo que pasaba, -me costó creer que era por el aceite- probé yo también”. Ella es precisa y directa: “ahora, quisiera que todos salgan a conseguir semillas y germinar”.

Prejuicios nunca tuvo, por eso se animó tan rápido. “El aceite que estoy usando ahora no le cayó tan bien al mayor pero le hizo bárbaro al más chico. Es una búsqueda. Y quizá cuando haga la tercera, que estoy secando, porque la humedad de la ciudad no ayuda, le caiga mejor que el primero”. Ella lo resume así: “hay que buscar sin miedo”.

Hasta acá ninguna es experta en cultivo. No necesitaron ningún laboratorio. Sólo paciencia y dedicación. Siguieron la premisa que hoy recomiendan: ante la urgencia siempre es mejor conseguir flores y hacer el aceite, nunca buscar el aceite, porque hay mucha especulación. Y desconocimiento. Tanto que el mes pasado la presidenta de Mamá Cultiva dio una charla en Tierra del Fuego y al otro día había un grupo organizado. Hasta los gendarmes tomaban nota.

“Me pone muy triste cuando se acercan buscando el aceite y no con el interés de saber cómo hacer para cultivar. Porque creo que es tiempo valioso que están perdiendo”, señala Ximena.

DETRÁS DEL ACEITE

En los últimos meses, producto de la mediatización, el tema ha cobrado un impulso impensado corriendo el eje de la planta. “Todos están detrás del aceite”, afirma Rodrigo Platz, con nueve años de activismo cannábico y dos de uso terapéutico, cultivador solidario y secretario de Cultivo en Familia La Plata.

Rodrigo empezó experimentando. Desde una crema para dolores de articulaciones de su madre hasta la extracción del aceite para el hijo de un conocido. Leyendo e investigando llegó al cultivo solidario y al encuentro con Candela Grossi, madre de una niña con autismo. Juntos terminaron de dar forma a esta Asociación Civil miembro del Frente de Organizaciones Cannábicas de Argentina (FOCA). Ni el feriado de la bandera los frena para dar su taller de asesoramiento sobre cultivo y extracción, que desarrollan los martes y sábados.

Por estos días Rodrigo participó, al igual que todos los testimonios de esta nota, del 1º Congreso Argentino de Cannabis y Salud, organizado por la Universidad Nacional de La Plata, que busca dar lugar al debate interdisciplinario. Desde Medicina, Agronomía, Trabajo Social y Ciencias Exactas se unieron en esta oportunidad, en conjunto con organizaciones sociales, para aportar a la construcción de políticas públicas que garanticen el acceso y el uso terapéutico del cannabis.

“Yo soy cultivadora”, dice Candela. Ante quien sea, así se presenta. No tiene miedo. “Cultivo para mí, para mi hija y para quien lo necesite”. Cuenta con el apoyo de su familia y confirma que no hay excusas. Y eso que antes se le secaba hasta el aloe vera. Pero la motivación es más fuerte. En enero su hija Carolina, de 4 años, con autismo, al poco tiempo de haber empezado a tomar aceite de cannabis le dijo “mamá” por primera vez. A Candela se le llenan los ojos de lágrimas: “El que quiere aceite, que cultive”.

Con el aceite, lograron que su hija conecte, reconozca a cada miembro de la familia, que la mire a los ojos. Si bien le cuesta reconocer órdenes, los videos que le manda la maestra donde su hija juega integrada al resto de los chicos, la emocionan. “El aceite es una opción sana y terapéutica desde el momento en que tenés la planta”, asegura Candela.

Una persona que autocultiva, no solo ejerce su derecho a la salud sino que deja de financiar el mercado negro existente a partir de la prohibición, dicen desde Cultivo en Familia. “De ser ´los fumones´ pasamos a ayudar a un montón de personas, cubriendo el vacío del Estado”, señala Rodrigo, y asegura que si bien creció el autocultivo, todavía pesa mucho el prejuicio y la estigmatización.

Desde Medicina, Agronomía, Trabajo Social y Ciencias Exactas se unieron en esta oportunidad, en conjunto con organizaciones sociales, para aportar a la construcción de políticas públicas que garanticen el acceso y el uso terapéutico del cannabis

“Estamos haciendo algo ilegal pero no ilegitimo. Hay cierta conciencia social, pero estamos a años luz”, manifiesta Rodrigo, y revela: “Ahora, mientras se investiga cuáles son las otras plantas que podrían contener cannabis, lo que buscamos es que podamos dejar de esconderlas”.

La forma más segura de obtener el aceite es hacerlo uno mismo. Sólo se necesita varias semillas para arrancar y en siete meses, el tiempo que tarda en crecer la planta, ingresar al círculo solidario para ayudar a otros. “Esto recién empieza”, señala Candela. Ya lo dice el refrán: Cosecharás tu siembra.

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