Extracción con grasas

Neal C. Borroughs

Parte VI

 Como he ido fundamentando y demostrando en anteriores entregas, el objetivo de esta serie de artículos es hablar de las formas más usadas para la extracción y el aprovechamiento de la Cannabis Sativa L. y sus subespecies.

Aunque, insisto, el ser humano ha llevado a cabo infinidad de maneras de aprovechamiento, aquí sólo trataré las más utilizadas y sencillas. Aquellas accesibles para cualquiera que ponga un poco de ganas y empeño.

La marihuana es “el cerdo del reino vegetal”. La práctica totalidad de la planta es aprovechable, desde las raíces a las flores. Cierto es que estas últimas son las más valoradas y que la mayoría de cultivadores centran todo el proceso de cultivo en la obtención de flores. Yo, precisamente, dejaré a un lado el aclamado cogollo, al menos toda aquella parte del mismo que pasa al proceso de secado y curado*, y me centraré en los usos de los “restos” después de llevar a cabo la poda, momento en el que se ha retirado todo resquicio vegetal que puede hacer que decaiga la calidad dichas flores*.

Ya os he explicado algunas de las formas más comunes de aprovechamiento: la extracción directa de tricomas mediante tamices, la extracción en frío, el aprovechamiento mediante revegetación y, en la entrega inmediatamente anterior, introduje el tema de las tinturas y la obtención de licores de marihuana*.

En la 6.ª entrega de la serie nos adentraremos en la extracción con grasas. Este tipo de extracción es uno de los más practicados, básicamente, porque es uno de los más sencillos y que menos conocimientos o utensilios requiere.

Si nos ceñimos a los pasos más básicos que debemos realizar para llevar a cabo el proceso sólo tendríamos que hacer lo siguiente:

  1. Mezclar aceite, mantequilla o cualquier otro tipo de grasa comestible con los “desechos” de cannabis seleccionados en una olla o utensilio similar que posteriormente nos permita calentarlo.
  2. Situar la olla sobre un calor moderado.
  3. Remover ligeramente durante unos minutos.
  4. Filtrar los restos vegetales con un colador de tela o tamiz.

La grasa o aceite obtenido se usaría, por ejemplo, para cocinar cualquier tipo de plato y este siempre provocaría efectos psicoactivos al ser ingerido.

Debemos tener en cuenta que el THC se degrada con el calor, por eso es muy importante calentar moderadamente durante el proceso de obtención -por ejemplo, al mínimo que proporcione el fogón más pequeño de vuestra vitrocerámica- y, a la hora de cocinar, llevar a cabo platos fríos o añadir la grasa en cuestión cuando el plato ya esté preparado.

Os lo he advertido con anterioridad pero, si consideráis que esta información ya es suficiente para llevar a cabo vuestras primeras prácticas, debéis recordar que el THC (delta 9 tetrahidrocannabinol) que consumís al fumar un porro llega inalterado a vuestro cerebro y que en el caso de la ingestión, el hígado lo metaboliza y lo transforma en un metabolito diferente. Curiosamente, el resultado es bastante más potente que al ser inhalado. Esta es la razón principal de que algunos fumadores habituales sufran “sensaciones extremas”, no experimenten lo que esperaban o sufran bajones de tensión debido a la sobredosificación. Por ello, debéis tener especial cuidado con las dosis cuando hablamos de ingestión. Siempre es mejor “repetir plato” que arrepentirse de la cantidad ingerida.

Dejando a un lado las generalidades, voy a ser más específico y os voy a explicar detenidamente cómo obtener mantequilla y aceite de oliva cannábicos.

En el caso de la mantequilla es un proceso muy sencillo. Debéis trocear los restos de vuestra cosecha -yo suelo usar unos 150 gramos de hoja- y mezclarlo en una olla con siete tazas de agua hirviendo. Después debéis añadir unos 300 gramos de mantequilla y hervir entre 25 y 35 minutos.

Una vez hecho esto debéis colar el líquido obtenido a través de una tela o tamiz para separar las hojas -los restos vegetales- de la mantequilla. Si creéis que las hojas continúan teniendo mantequilla podéis repetir el proceso con las mismas y dos o tres tazas de agua hirviendo.

Debéis dejar que el líquido obtenido se enfríe por completo y después introducirlo en la nevera. Después de unas horas -podéis dejar que pase la jornada y retomar el proceso al día siguiente- la mantequilla se habrá solidificado y flotará sobre el agua. Ahora es tan sencillo como separar la mantequilla del agua con una espumadera, dejarla bien seca, meterla en un recipiente a poder ser con tapa y otra vez a la nevera. Con esto ya tendréis vuestra mantequilla lista para ser usada.

La mantequilla cannábica es apropiada para ser ingerida cruda o para cocinar cualquier alimento con ella. De nuevo, el THC se destruirá con el calor, así que deberéis modificar la dosis en función la forma de ingestión, la tolerancia del usuario y la propia potencia del producto que habéis fabricado.

En el casi del aceite de oliva, el proceso es exactamente el mismo pero, cuando ya tengáis el estrato filtrado, en lugar de meterlo en la nevera, debéis introducirlo en el congelador. Esto hará que el agua se congele y que el aceite alcance un estado muy espeso que os permitirá separarlo con una espátula o similar. El aceite es un producto ideal para su uso en crudo, por ejemplo en ensaladas.

Si decidís usar alguno de vuestros resinosos cogollos para obtener un aceite de primera calidad, sólo tenéis que sumergirlos en el mismo y toda la resina se disolverá en cuestión de horas. En este caso sería un pecado filtrar los restos vegetales puesto que otorgarán un sabor muy agradable al aceite, a pesar de la clorofila. Podéis pasar el aceite que aún contiene el cogollo a una aceitera y usarlo directamente en ensaladas o para cocinar.

Me gustaría, antes de pasar a la explicación de otros procesos de aprovechamiento, explicaros qué es la purificación de este aceite y para qué sirve.

El aceite que habéis obtenido mediante este proceso es perfectamente válido para su uso, sin embargo, suele tener un color muy oscuro, debido a la clorofila que se ha disuelto en él. Su textura tampoco es de lo más apetecible puesto que, en la mayoría de los casos, se parecerá al alquitrán.

Mediante un proceso sencillo, que denominaremos “purificación”, podemos obtener un aceite color miel, de una calidad, aspecto y sabor superior.

Sólo necesitaréis alcohol y éter de petróleo. Eso sí, debéis tener mucho cuidado con este último ingrediente puesto que es altamente inflamable y explosivo. Lo de siempre: a poder ser llevad el proceso a cabo al aire libre o en un habitáculo con las ventanas abiertas y bien lejos de chispas o llamas.

Lo primero es disolver el aceite en alcohol. Esto es, siete partes de alcohol por cada una de aceite. A continuación introduciréis la disolución de aceite en un embudo de decantación. Este artilugio es algo tan sencillo como un frasco cónico con una boca en la parte superior y un pequeño grifo en la punta inferior del cono. En el peor de los casos podéis usar un bote de cristal con tapa, a ser posible estrecho y alto.

Lo siguiente es añadir al envase elegido dos volúmenes de agua por cada volumen de solución alcohólica de aceite. El aspecto de la mezcla resultante será de un verde más claro y podréis apreciar partículas flotando.

El último y decisivo paso será añadir un volumen de éter de petróleo por cada volumen de solución alcohólica de aceite. El éter formará una capa que flotará sobre el agua sin mezclarse. Ahora es el momento de tapar el envase en cuestión y agitar enérgicamente, sin miedo, seis o siete veces. Luego abriréis el envase para que salgan los vapores y así no aumente la presión en su interior.

Debéis repetir el proceso no menos de ocho veces, de esta forma os aseguraréis de que todos los cannabinoides pasan del alcohol al éter. Y aquí está la clave del proceso, los cannabinoides pasan, pero la clorofila no. La clorofila nunca se adherirá al éter y siempre seguirá formando parte de la solución alcohólica.

Dejaréis reposar el frasco durante al menos dos horas y, cuando retoméis el proceso, la capa de éter que contiene los cannabinoides disueltos quedará flotando sobre la disolución hidroalcohólica que no sólo se ha quedado con toda la clorofila, sino que también posee otros muchos compuestos que no nos interesan en absoluto.

Si veis que no existe una separación obvia o no existe separación en absoluto lo más probable es que falte agua. En este caso debéis añadir un poco más agua y realizar de nuevo el proceso desde el momento del agitado, dejándolo reposar unas dos horas al terminar.

Es en este momento cuando el embudo de decantación marcará la diferencia puesto que para eliminar la disolución de alcohol sólo necesitaréis abrir el grifo con el tapón superior destapado, dejando que todo el líquido, a excepción de la capa de éter, salga. Debemos asegurarnos de que no queda nada de la mezcla de agua y alcohol. Si perdéis algo de éter no os preocupéis, podéis volver a pasar el líquido en cuestión por el embudo, añadiendo un poco más de éter, y recuperarlo.

Si no disponéis de embudo lo más lógico sería recurrir a una jeringuilla. En cuyo caso no extraeréis la solución hidroalcohólica, sino la capa superior de éter. En principio no deberías tener ningún problema al realizar este paso, es tan sencillo como introducir la jeringuilla y extraer el éter. De nuevo, es importante dejar toda la solución al margen de lo extraído.

La solución verdosa de agua y alcohol debéis desecharla puesto que no contiene cannabinoide alguno. Lo que tenemos, entonces, es la solución de éter con aceite purificado, esta será de un color miel muy apetecible y tendrá cierta propensión a la transparencia.

Debéis recordar que el éter es muy tóxico y hay que evaporarlo antes de consumir el aceite. Para ello disponéis de dos opciones:

  1. Dejar el frasco en el que lo hayáis depositado al aire, para que se evapore progresivamente.
  2. Ponerlo en un plato sobre una olla con agua caliente para acelerar el proceso.

Es fundamental asegurarse de que el éter se ha evaporado por completo. Es posible que no huela en absoluto a éter y sí contenga trazas del mismo. Esto se debe a que pequeñas cantidades se han quedado atrapadas dentro del aceite y no pueden salir para así evaporarse.

La forma de asegurarnos de que nuestro aceite no es tóxico es disolverlo de nuevo en un poco de alcohol y dejar que se evapore. Esto hará que con el alcohol añadido desaparezcan las posibles trazas de éter. Podéis repetir este proceso hasta tres veces pero en un porcentaje que roza la totalidad de casos, con una será suficiente.

Una vez más debo advertiros de que la calidad y la potencias del aceite “purificado” o “refinado” es mucho mayor a la del aceite crudo y tiene un sabor infinitamente mejor. Por eso, precaución a la hora de consumirlo y dosificarlo.

No os perdáis las próximas entregas de esta serie de artículos donde se os explicará diversas y funcionales alternativas para aprovechar los restos de vuestras cosechas. Lo que está por venir en la próxima entrega: la extracción con butano.

 *ARTÍCULOS:

– “Cómo cultivar en un espacio reducido, con un consumo de energía bajo y una producción más que aceptable” Neal C. Borroughs, Cannabis Magazine, números 93, 94 y 95.

– “La cosecha, el curado y el secado” Neal C. Borroughs, El Cultivador, número 3.

– “El consumo energético en espacios reducidos” Neal C. Borroughs, Cannabis Magazine, número 102.

– “Aprovechamiento de los “restos” después de la cosecha” Neal C. Borroughs, Cannabis Magazine, números 104, 105, 106, 107 y 108.